1
Si un día me duermo para siempre
luego de haberme hincado con la punta del huso
¿vendrás a despertarme, peregrina?,
¿me besarás en la boca o las manos
para adentrarte en campos abiertos de mi sueño?
Prométemelo ahora y dormiré tranquilo;
y mis hadas madrinas también dormirán,
y todos, todos en la antigua comarca
se dormirán conmigo, sucumbiendo al hechizo...
Alberto Serret, El Príncipe Despierto
Vengo a buscarte, príncipe. La noche
está oscura y fría,
déjame que ponga mi capa alrededor
de tus hombros.
Ten mi mano que te apoyes.
El camino es empinado y la luna no sale todavía.
No, no me conoces. No sabes quién puedo ser,
no sabes quién soy.
Tú déjate conducir nada más. En silencio.
La sombra ya no puede herirte.
La sombra que mordió mi corazón
ya no puede más que herirme
sobre la vieja herida. Despacio,
despacio para que funcione.
Un paso y otro. No abras los ojos
hasta que yo te avise.
Vengo a buscarte desde muy lejos,
desde el tiempo en que aún no existíamos
con este nombre, con estos rostros.
No conoces mi nombre. No conozco
tu nombre.
Somos quienes somos,
pero ni siquiera sabemos quién somos.
Guarda silencio: cualquier cosa que digas
podrá ser usada
en tu contra. Si pronuncias la palabra vida,
tal vez yo te contradiga.
Si pronuncias la palabra muerte,
te habré de advertir, en voz muy baja,
que no sabes de lo que estás hablando.
Noche es una palabra dura y helada,
como una piedra de granizo.
El día no lo conozco porque ha de anidar
en tus ojos, y tienes los ojos cerrados.
Si por una casualidad inconcebible
te diera por poner sobre tu lengua
la palabra amor, no sé qué pasaría.
Yo viví veintidós años amando
a un hombre que no llegaba.
Viví veintidós años amando
y odiando a un hombre definitivo.
Un hombre que era yo mismo
(despacio, hay tiempo para todo).
La muerte en vida tiene su tiempo,
no más de veintidós años.
La vida en vida también tiene
su tiempo idéntico.
Y la vida en la muerte,
¿qué tiempo tendrá?
Podría ofrecer cuanto poseo
por volver a ese hombre.
Podría ofrecer cuanto tengo y tendré.
Incluso podría ofrecer
cuanto tuve en el pasado:
si ese hombre apareciera con otro rostro,
yo exprimiría mi memoria de otras voces
y otro aroma.
¿Es que amamos un cuerpo?,
¿no será más bien
que amamos una esencia impalpable,
tan recóndita, tan escondida
en el centro de nosotros mismos,
que nosotros mismos la desconocemos?
¿Y si el corazón amante
pudiera reconocer esa esencia?
Vamos despacio. La noche
ha terminado de madurar
y comienza su período de dulzura perfecta:
como una fruta
que se va agostando, la noche
nos toca el paladar y lo acaricia.
¿Ya he dicho qué quiero de ti?
Nada forzado. Nada que deba ser arrancado.
Nada.
Aquí está mi mano, que te apoyes en ella.
Aquí está mi sangre.
Es tu sangre. Huele a ceniza gris;
me han quemado
hasta los huesos. He ardido
como una hoja estrujada.
Vamos despacio. No abras los ojos.
No abras los ojos
hasta que hayas terminado de salir
y el sol te pegue encima de los párpados.
Mientras te puedo contar un cuento.
Es un cuento
con un buen final, no quiero entristecerte.
Un cuento que habla de una habitación
en la penumbra,
y un hombre desnudo, hermoso
como un bocado de pan
en la mano del hambriento. Un hombre
trémulo debajo de mi peso.
Ya no recuerdo en qué ciudad me sucedía.
Ya no recuerdo en qué país ni en qué planeta.
Cuando mi vientre rozó el vientre de ascua
del hombre de mi historia,
perdí para siempre la memoria.
Perdí la vergüenza.
Perdí la noción de lo que estaba bien o mal.
Me perdí a mí mismo.
(¿Dije mismo?; perdona: desconozco
si soy hombre o mujer, ¿y acaso importa?).
Un remolino en el atardecer convulso
y ese hombre debajo de mí o a mi costado:
ninguno de los dos sabía que se estaba
firmando un pacto,
sólo movimos un poco la cabeza
para poder mirarnos a los ojos.
Fue suficiente.
Veintidós años después puedo verme
de rodillas;
el asfalto lo suficientemente tibio
como para sostenernos
con ternura. Un hombre tendido,
los ojos cerrados. Y su boca idéntica
debajo de mi beso. Su corazón tapiado;
el mío hincado de colmillos de lobo.
Y tener que soportar que me quemaran
sin una queja. Y entonces
un puñado de ceniza.
Mis brazos extendidos. Mis manos claveteadas
al pecho de un hombre que quizá nunca conocí.
Que nunca me conoció del todo.
¿Es que vale la pena llorar?, ¿vale la pena algo
que no sea
regocijarse por poder tenderte mi mano
y que te apoyes?
(Despacio, muy despacio, hay tiempo).
Mientras caminamos voy a recontar
mis pertenencias: un cáliz de sangre,
unas vísceras torturadas. Mi fuerza,
mi terquedad de dientes apretados.
Mi frente negra de golpearse
una y otra vez contra ese muro.
Mi cara desconocida en el espejo:
sin cejas, sin cabello.
Es verdad que prometí un buen final
para mi historia, no quiero entristecerte:
Soñé con una puerta en el muro,
una puerta que se abría
en la bendita noche -bendita,
mil veces bendita noche oscura
en la que se juntan los amantes,
sin cuerpos ya,
sin más aliento
que el soplo de Dios reconstruyendo
sus rostros que ardieron.
Y yo simplemente traspasé la puerta.
Y heme aquí, príncipe, tendiéndote la mano
para que te apoyes.
Despacio. Vamos despacio. Hay tiempo.
2
Yo soy un pez, un eco de la muerte,
en mi cuerpo la muerte se aproxima
hacia los seres tiernos resonando,
y ahora la siento en mí incorporada,
ante tus ojos, ante tu olvido, ciudad, estoy muriendo,
me estoy volviendo un pez de forma indestructible,
me estoy quedando a solas con mi alma,
siento como la muerte me mira fijamente,
como ha iniciado un viaje extraño por mi alma,
como habita mi estancia más callada,
mientras descansas, ciudad, mientras olvidas.
Gastón Baquero, Testamento de un pez
Orfeo no debe mirar atrás.
Avanza en la sombra con los ojos puestos
en la débil mancha blanca
de la boca de la caverna. Sube dificultosamente.
Sube en silencio, procurando percibir el latido
del corazón de Eurídice -que no late-,
intenta percibir cualquier sonido,
un soplo del aliento de la que ama.
Le advirtieron que no puede mirar atrás
si no quiere perder a aquélla que le sigue,
pura sombra, sonámbula
dentro del sueño que es la muerte.
La luz arriba, débil, titilante, llama a Orfeo;
la piedra parece querer desmigajarse
bajo sus plantas.
Él sube, en silencio, con los labios cuarteados.
Yo soy Orfeo. Pero no quiero ser Orfeo:
Orfeo falló.
Necesito subir aún cuando no perciba
a mis espaldas tu aliento. Necesito recobrarte
a la entrada de la caverna,
necesito sacarte a la luz y despertarte.
Yo no soy Orfeo, yo quiero ser más que Orfeo.
Tú no eres Eurídice, eres yo mismo-yo misma.
Te prometo, tú serás rescatado.
3
He visitado ayer las ruinas de mi imperio:
La ciudad está abarrotada de escombros
y el polvo atasca el mecanismo de las fuentes.
Un viento áspero mastica los ladrillos
que nos quedan
y la ceniza forma una cubierta en el sitio
de colocar el pan.
No sé ahora si existes o si yo
te inventé mientras vagaba.
No sé adónde irá a parar mi grito.
Quizá naciste de un huevo policromo.
Quizá vengas al rescate de este mago roto
que insiste en escudriñar la niebla.
Quizá te acercas con tus huestes
de belígeros alados, bellísimos,
gritando por el oriente
con las cabelleras desatadas
y los ombligos resplandecientes como gemas.
Podría reconocer tu rostro porque
lo he visto en un sueño,
podría reconocer tus nalgas de mármol
y el pie con que acaricias las estancias.
Soy el último de mi generación,
nadie hereda mi sangre.
Pudieron degollarme con una lata abierta.
Soy miserable y gris y sufro de insomnio.
Guardo lámparas que encenderé
tras llenarlas con mi propio aceite.
Pero resisto y te espero, por encima de todo.
Resisto, porque la noche
nunca duró más de siete siglos,
y sé que un gallo mítico celebrará desde el atrio
las primeras emanaciones de la luz.
4
Soy Aquiles, que besa por primera vez la boca de Patroclo.
Soy Aquiles, que pide su derecho: la más bella de las cautivas de guerra es suya.
Soy Aquiles, que aúlla frente al mar, y ordena una pira donde incinerar el cuerpo mil veces desnudado con manos temblorosas, mil veces defendido cuando bajaban al campo de batalla, mil veces interpuesto entre Aquiles y su destrucción.
Soy Aquiles, plantado sobre el muro, que grita con una voz tan desgarrada, descuartizada de odio y amor, que los caballos retroceden, relinchando, y los rostros de los hombres palidecen y sus corazones se aprietan.
Soy Aquiles, que persigue a Héctor sobre la arena de Troya, sin piedad por el padre anciano, ni por la esposa que lo espera en las murallas, ni por el hijo tierno. Soy Aquiles que sólo quiere desangrar a su enemigo.
Soy Aquiles, vencedor, herido de sí mismo, que se retira en silencio, escoltado por la sombra de Patroclo.
Soy Aquiles, hijo de Ochún y Babalú, mitad divino y mitad mortal.
Y estas son mis miserias y estas son mis glorias.
5
Dime qué guardaba
aquella casa cerrada en Varadero,
qué cuerpos dejamos de tener entre nosotros,
qué pasiones mal habidas
no acabamos de encender,
a qué juegos perversos no jugamos.
Yo me andaré descalza
el último fuego de tu carne.
Buscaré tu sombra en las calles
de un país que ya no existe.
Y volveré a Santiago,
a cualquier ciudad que se llame Santiago
para buscarte.
En cualquier continente,
dondequiera que me cites.
Porque mis ojos no saben de ti
que estás dormido.
Porque no ha pasado tanto tiempo
desde que eras un muchacho asustado,
esperando por mí en la puerta
de un hotel de paso.
Porque no te cedo a la Nada fácilmente.
Porque nada podría separarnos.
Porque somos idénticos en la desmesura
y la inocencia.
Porque quiero tu nombre en mi epitafio.
Porque somos el mismo, el mismo.
Porque para bien y para mal
nos dibujaron entremezclados.
Porque no me reconozco sin ti
y no te reconozco sin mi necesidad de ti
y mi hambre de ti que no se sacia nunca.
Porque eres polvo y ceniza
y esquirlas grises de hueso,
y todavía puedo cerrar los ojos
y tocar tu carne intacta.
Porque me miras en un sueño
y siento que caigo una vez más bajo tu hechizo.
Porque te encuentro dondequiera que miro.
Porque estoy batallando para merecerte.
Porque te necesito para reírme a carcajadas
y para gritarnos palabras ofensivas.
Porque llevo tu cifra atada a mi brazo
y tus colores en mi escudo de guerra.
Porque sigues siendo mi poeta favorito.
Porque mil años que pasen no podré olvidar
la curva sedosa de tus cejas,
ni tus ojos de príncipe de Las Mil y Una Noches.
Porque quiero salvarte
dondequiera que te encuentres.
Porque no concibo una casa en la que tú no oficies
de dueña y señora.
Porque eres mi única patria y mi paisaje predilecto.
Porque el amor es más fuerte que la muerte.
Chely Lima
domingo 15 de noviembre de 2009
Nocturno con Chagall
Estoy en una noche de hace siglos.
Llueve. No es nada torrencial. Sólo
el ruido enervante de los cerrojos
al romperse,
el de los viejos candados al caer.
Las estrellas siguen siendo las mismas
aunque ya no se vean tan turbias
como antes.
El futuro es más hondo,
más rabioso incendiario.
En espejos que sé,
detrás de esta dolencia primitiva,
han colgado figuras de uso:
figuritas no-sidas,
cuerpos amantes cuerpos
que odiaron su viudez,
imágenes ceñidas a la espesa materia.
Esta noche hay dos zanjas,
dos rumbos a escoger
y una sola ventana tendida bajo el sol.
Detrás,
la incandescencia de una lámpara muda
como todas las lámparas;
los muebles, inservibles
como todos los muebles.
Puedo saber de ti porque me acerco,
casi secretamente
flotando entre esas plantas de flores amarillas
o temblando en el núcleo de una esfera de vidrio.
Alguien ajeno a todo
despedaza la corteza del agua,
y el espacio concluye en sus tres dimensiones
y el tiempo es sólo el tiempo,
eso sólo, eso sólo...
Pero el amor,
¿no es algo que escapa a las raíces?
Tubos de seda oculta,
vasos desorientados sin forma permisible.
Deserción sustancial de la sustancia.
No hay paredes ni techos
en esta noche antigua del diluvio.
Sin embargo, toco
entre dos estrellas polares tu calor.
¿O acaso es él quien toca?
¿O acaso es él quien toca
como un barco fantasma?
¿Es él quien se avecina desde terreno íntimo
donde nada por fin desaparece?
Aquí tienes la llave. Ahí la dejo. Mientras,
avisaré a los pájaros nocturnos enemigos
y esperaré, tranquilamente esperaré
tu llegada a mi cuerpo torreón emancipado.
No golpearás la sombra. No llames
ni aparentes llegar antes del día;
porque estaré dispuesto,
si has seguido mis huellas,
y sabré desde siempre que si no te abro pronto
bien pudiera la lluvia calarte hasta los huesos.
Déjame que te encubra, entonces,
tras el muro de luz.
Toda piedra lanzada
será como aerolito en el espacio ilímite.
¿Ves como nada puede separarnos?
Pero, si aún tienes dudas,
pronuncia estas palabras en voz alta
y sentirás que el miedo
se te evade del tronco,
que tus labios se agitan de pronto
entre racimos,
y volverás a verme hecho una imagen ciega
flotando entre esas plantas
de flores amarillas.
Mi cabeza apoyada en tu hombro,
mi vientre apretado
contra el espacio inmenso de tu vientre
como montón de espigas cercado de violetas.
Estamos hace siglos en esta noche:
y es la noche del mundo,
la noche de los sueños eternos
y las risas eternas,
la noche claroscuro sofisma universal,
la noche noche
por donde va la lluvia
bañando los tejidos viscerales.
Solamente tú y yo en la cristalina oscuridad,
como mojados,
viendo que se derrumban los planetas,
que las estrellas fijas dejaron hace tiempo
su fanático brillo;
que la secuela azul de los satélites
y los gases se funden
vencidos por la piedra filosofal del alba.
No hay por qué tener miedo. No creas
en los múltiples rostros de la muerte.
La noche es siempre una, una sola,
una misma.
Llueve... Pero no importa.
No es nada torrencial.
Alberto Serret
Isla de Pinos, Noviembre de 1979
Llueve. No es nada torrencial. Sólo
el ruido enervante de los cerrojos
al romperse,
el de los viejos candados al caer.
Las estrellas siguen siendo las mismas
aunque ya no se vean tan turbias
como antes.
El futuro es más hondo,
más rabioso incendiario.
En espejos que sé,
detrás de esta dolencia primitiva,
han colgado figuras de uso:
figuritas no-sidas,
cuerpos amantes cuerpos
que odiaron su viudez,
imágenes ceñidas a la espesa materia.
Esta noche hay dos zanjas,
dos rumbos a escoger
y una sola ventana tendida bajo el sol.
Detrás,
la incandescencia de una lámpara muda
como todas las lámparas;
los muebles, inservibles
como todos los muebles.
Puedo saber de ti porque me acerco,
casi secretamente
flotando entre esas plantas de flores amarillas
o temblando en el núcleo de una esfera de vidrio.
Alguien ajeno a todo
despedaza la corteza del agua,
y el espacio concluye en sus tres dimensiones
y el tiempo es sólo el tiempo,
eso sólo, eso sólo...
Pero el amor,
¿no es algo que escapa a las raíces?
Tubos de seda oculta,
vasos desorientados sin forma permisible.
Deserción sustancial de la sustancia.
No hay paredes ni techos
en esta noche antigua del diluvio.
Sin embargo, toco
entre dos estrellas polares tu calor.
¿O acaso es él quien toca?
¿O acaso es él quien toca
como un barco fantasma?
¿Es él quien se avecina desde terreno íntimo
donde nada por fin desaparece?
Aquí tienes la llave. Ahí la dejo. Mientras,
avisaré a los pájaros nocturnos enemigos
y esperaré, tranquilamente esperaré
tu llegada a mi cuerpo torreón emancipado.
No golpearás la sombra. No llames
ni aparentes llegar antes del día;
porque estaré dispuesto,
si has seguido mis huellas,
y sabré desde siempre que si no te abro pronto
bien pudiera la lluvia calarte hasta los huesos.
Déjame que te encubra, entonces,
tras el muro de luz.
Toda piedra lanzada
será como aerolito en el espacio ilímite.
¿Ves como nada puede separarnos?
Pero, si aún tienes dudas,
pronuncia estas palabras en voz alta
y sentirás que el miedo
se te evade del tronco,
que tus labios se agitan de pronto
entre racimos,
y volverás a verme hecho una imagen ciega
flotando entre esas plantas
de flores amarillas.
Mi cabeza apoyada en tu hombro,
mi vientre apretado
contra el espacio inmenso de tu vientre
como montón de espigas cercado de violetas.
Estamos hace siglos en esta noche:
y es la noche del mundo,
la noche de los sueños eternos
y las risas eternas,
la noche claroscuro sofisma universal,
la noche noche
por donde va la lluvia
bañando los tejidos viscerales.
Solamente tú y yo en la cristalina oscuridad,
como mojados,
viendo que se derrumban los planetas,
que las estrellas fijas dejaron hace tiempo
su fanático brillo;
que la secuela azul de los satélites
y los gases se funden
vencidos por la piedra filosofal del alba.
No hay por qué tener miedo. No creas
en los múltiples rostros de la muerte.
La noche es siempre una, una sola,
una misma.
Llueve... Pero no importa.
No es nada torrencial.
Alberto Serret
Isla de Pinos, Noviembre de 1979
Capitulation
No tengo más que lo que soy, y no soy nada.
Entre la lanza del Yo que me acosa,
y mi propio cuerpo,
mi mente crucificada
y mi espíritu que desconozco,
no hay un solo obstáculo que me salve,
y detrás de mí está el Vacío.
Doy vuelta para quedar
frente al paisaje de mi infancia.
El rostro de mi madre,
perdido en la oscuridad,
y su voz ronroneando por esa única vez,
y su mano que aletea, evanescente.
Mi padre gentil fabricado con ausencia.
Mis amantes que no entendían.
La comarca absurda en que nací.
Los amigos que se esparcen por el mundo.
Mi hermano que se fue esa mañana
para regresar en la forma
de un puñado de ceniza.
Yo mismo, yo misma,
que no supe darme un nombre.
Todo, nada. Lo que he sido y lo que no.
Todo hueco ahora. Espejismo.
Aire en mi boca.
Aire en las manos con que trato de asirme
de lo que no existe.
De lo que no hubo jamás
fuera de mi cabeza.
Nada que perder. Nada que esperar.
La divisa idiota de Dante
tatuada en mi frente.
La certeza absurda de que no hay certeza.
El silencio. El clamor
de lo que no quiero escuchar.
Nada, ni yo.
Y salto.
Chely Lima
Entre la lanza del Yo que me acosa,
y mi propio cuerpo,
mi mente crucificada
y mi espíritu que desconozco,
no hay un solo obstáculo que me salve,
y detrás de mí está el Vacío.
Doy vuelta para quedar
frente al paisaje de mi infancia.
El rostro de mi madre,
perdido en la oscuridad,
y su voz ronroneando por esa única vez,
y su mano que aletea, evanescente.
Mi padre gentil fabricado con ausencia.
Mis amantes que no entendían.
La comarca absurda en que nací.
Los amigos que se esparcen por el mundo.
Mi hermano que se fue esa mañana
para regresar en la forma
de un puñado de ceniza.
Yo mismo, yo misma,
que no supe darme un nombre.
Todo, nada. Lo que he sido y lo que no.
Todo hueco ahora. Espejismo.
Aire en mi boca.
Aire en las manos con que trato de asirme
de lo que no existe.
De lo que no hubo jamás
fuera de mi cabeza.
Nada que perder. Nada que esperar.
La divisa idiota de Dante
tatuada en mi frente.
La certeza absurda de que no hay certeza.
El silencio. El clamor
de lo que no quiero escuchar.
Nada, ni yo.
Y salto.
Chely Lima
Ausencia injustificada
El más endeble de los cuatro ángeles
no viene a esta reunión.
Una racha brutal le fracturó las alas.
O quizá le dio miedo lo demasiado azul,
lo demasiado arriba. O se dejó abatir
por bestias y esperpentos;
o fue horror al concilio de las almas en vela
(o en pena, ¿por qué no?)
previsor de cicutas y llamas travestidas.
Quizá un sueño freudiano donde se le acusaba
de cagarse en las buenas costumbres
frente a mil ojos neutros de pupilas conformes.
Quizá el camino oscuro, como boca de fascio,
o el invierno, el sabor
de una punta candente de metal;
los misiles morales flanqueándole la huída…
No sabremos jamás la razón de esta ausencia.
Pero, en fin,
el asunto es que un ángel de los cuatro pilares
no estará con nosotros en esta travesía.
Se ha tomado una tregua sin pedirnos permiso.
Nos abandona aquí, desvertizados.
Y el niño de la casa no se podrá dormir.
Alberto Serret
no viene a esta reunión.
Una racha brutal le fracturó las alas.
O quizá le dio miedo lo demasiado azul,
lo demasiado arriba. O se dejó abatir
por bestias y esperpentos;
o fue horror al concilio de las almas en vela
(o en pena, ¿por qué no?)
previsor de cicutas y llamas travestidas.
Quizá un sueño freudiano donde se le acusaba
de cagarse en las buenas costumbres
frente a mil ojos neutros de pupilas conformes.
Quizá el camino oscuro, como boca de fascio,
o el invierno, el sabor
de una punta candente de metal;
los misiles morales flanqueándole la huída…
No sabremos jamás la razón de esta ausencia.
Pero, en fin,
el asunto es que un ángel de los cuatro pilares
no estará con nosotros en esta travesía.
Se ha tomado una tregua sin pedirnos permiso.
Nos abandona aquí, desvertizados.
Y el niño de la casa no se podrá dormir.
Alberto Serret
viernes 23 de octubre de 2009
Sortilegio para atraer la alegría
Los antiguos egipcios sembraban la alegría
-también llamada sésamo-, sus granos seculares,
sobre limo fecundo; y en surcos regulares,
por orden de los dioses o al paso de los días,
se gestaba la planta dorada a flor de tierra,
circunspecta y endeble a la vez, en sorda guerra
consigo misma, grácil como toda alegría.
Nosotros echaremos más hondo la semilla.
Hincaremos con fuerza los dientes del arado,
y aunque la tierra gima y el sol, desorientado,
nos queme los retoños y abrase las costillas,
los nilos -sus azules y blancos sin frontera-,
vendrán a cosechar la enorme primavera
que es la alegría humana, ¡oh invicta maravilla!
Alberto Serret
-también llamada sésamo-, sus granos seculares,
sobre limo fecundo; y en surcos regulares,
por orden de los dioses o al paso de los días,
se gestaba la planta dorada a flor de tierra,
circunspecta y endeble a la vez, en sorda guerra
consigo misma, grácil como toda alegría.
Nosotros echaremos más hondo la semilla.
Hincaremos con fuerza los dientes del arado,
y aunque la tierra gima y el sol, desorientado,
nos queme los retoños y abrase las costillas,
los nilos -sus azules y blancos sin frontera-,
vendrán a cosechar la enorme primavera
que es la alegría humana, ¡oh invicta maravilla!
Alberto Serret
La boca del flautista
(Uno)
Sopla un concierto mínimo
donde la voz del agua más profunda
se mezcla con el semen culebreante.
La mano que extiende su tibia condición
queda presa en un cepo viviente. Un ala hinchada
junto al costado izquierdo de la noche
bate feroz contra los vientos bárbaros
que buscan en virtuales remolinos
la fuente del placer, el filtro de ternura
como la lengua lúbrica de un ciervo
hundido en el muelle cendal de una corriente.
Y desde el doble labio que sopla y se acomoda
a las piedras del ser
suspiran los inmensos animales prehistóricos
y la pasión sangrante del helecho
se adhiere a la humedad como el hilo de piel
al trazo de saliva.
Luego, en largo, espasmódico quejido,
los dientes del amor se precipitan
unos contra otros hacia donde confluyen
agonías en cruz que murmuran adentro.
Luego el vientre, amoral, luego el espacio absorto
ante la súbita entrega de los labios
con que el flautista exprime su dulce humanidad.
Entonces, poco importa la muerte que se agazapa afuera,
ni el clima que se extiende
por un puente de espinas a la sangre. Porque, egoístamente,
la música se ha vuelto una apretada fruta
y acaba enmudeciendo
sobre la boca erecta del flautista
que da a la boca amante su versión del milagro.
(Dos)
La boca del flautista da a la flauta
carácter de criatura o de alimento.
Sus labios cobran, sobre el instrumento,
los misterios y el orden de la pauta.
La O se cierra, oprime la boquilla
y el seno de la música. Una cabra
danza en el atrio que la sombra labra
bajo un techo de flores amarillas.
Nadie podría pensar que ese sonido
encantador de ratas y serpientes
más que sonido musical es diente
que se hunde en el pecho del olvido.
La cabra gira. Y el león se ahoga,
grita que no, y se ahoga torpemente,
con todo su poder, enfurecido,
colgado de un extremo de la soga.
Luego, la boca calla su armonía:
ese despliegue de ascuas siderales
que despertó a los dioses tutelares
y puso un templo para la herejía.
Vuelve el silencio. El hombre que tocaba
dice que se acabó (todo se acaba,
todo se trueca en cuerpo fugitivo
que el tiempo roe y que la muerte lava).
En la flauta o la boca hay algo esquivo:
silencio y rictus, falta de palabras
donde antes hubo un león y una cabra
pendientes de la música y su fuego.
El flautista se fue. Terminó el juego.
Alberto Serret
Sopla un concierto mínimo
donde la voz del agua más profunda
se mezcla con el semen culebreante.
La mano que extiende su tibia condición
queda presa en un cepo viviente. Un ala hinchada
junto al costado izquierdo de la noche
bate feroz contra los vientos bárbaros
que buscan en virtuales remolinos
la fuente del placer, el filtro de ternura
como la lengua lúbrica de un ciervo
hundido en el muelle cendal de una corriente.
Y desde el doble labio que sopla y se acomoda
a las piedras del ser
suspiran los inmensos animales prehistóricos
y la pasión sangrante del helecho
se adhiere a la humedad como el hilo de piel
al trazo de saliva.
Luego, en largo, espasmódico quejido,
los dientes del amor se precipitan
unos contra otros hacia donde confluyen
agonías en cruz que murmuran adentro.
Luego el vientre, amoral, luego el espacio absorto
ante la súbita entrega de los labios
con que el flautista exprime su dulce humanidad.
Entonces, poco importa la muerte que se agazapa afuera,
ni el clima que se extiende
por un puente de espinas a la sangre. Porque, egoístamente,
la música se ha vuelto una apretada fruta
y acaba enmudeciendo
sobre la boca erecta del flautista
que da a la boca amante su versión del milagro.
(Dos)
La boca del flautista da a la flauta
carácter de criatura o de alimento.
Sus labios cobran, sobre el instrumento,
los misterios y el orden de la pauta.
La O se cierra, oprime la boquilla
y el seno de la música. Una cabra
danza en el atrio que la sombra labra
bajo un techo de flores amarillas.
Nadie podría pensar que ese sonido
encantador de ratas y serpientes
más que sonido musical es diente
que se hunde en el pecho del olvido.
La cabra gira. Y el león se ahoga,
grita que no, y se ahoga torpemente,
con todo su poder, enfurecido,
colgado de un extremo de la soga.
Luego, la boca calla su armonía:
ese despliegue de ascuas siderales
que despertó a los dioses tutelares
y puso un templo para la herejía.
Vuelve el silencio. El hombre que tocaba
dice que se acabó (todo se acaba,
todo se trueca en cuerpo fugitivo
que el tiempo roe y que la muerte lava).
En la flauta o la boca hay algo esquivo:
silencio y rictus, falta de palabras
donde antes hubo un león y una cabra
pendientes de la música y su fuego.
El flautista se fue. Terminó el juego.
Alberto Serret
Embriagado
Me da tanto placer el vino que en la boca
rompe su tremedal de greda transparente;
el vino que, en la lengua, por encima del puente
que hace mi garganta, se vuelve agua de roca;
el vino que me vino del hueco de tu mano,
añejado en un cráneo de mamut o de abuelo.
Me sabe a miel hipnótica su cristal en ciruelo
y a ciruelo exprimido sobre un vientre profano.
Me da tanto placer deglutirlo hasta el fondo
de esta sed apremiante que sigiloso escondo
para que nada ensucie la sustancia o el vino,
el pozo de ámbar dulce que bebo contra el pecho
líquido de la sombra, hecho un demonio, hecho
bestia o dios que eyacula sobre el propio destino.
Alberto Serret
rompe su tremedal de greda transparente;
el vino que, en la lengua, por encima del puente
que hace mi garganta, se vuelve agua de roca;
el vino que me vino del hueco de tu mano,
añejado en un cráneo de mamut o de abuelo.
Me sabe a miel hipnótica su cristal en ciruelo
y a ciruelo exprimido sobre un vientre profano.
Me da tanto placer deglutirlo hasta el fondo
de esta sed apremiante que sigiloso escondo
para que nada ensucie la sustancia o el vino,
el pozo de ámbar dulce que bebo contra el pecho
líquido de la sombra, hecho un demonio, hecho
bestia o dios que eyacula sobre el propio destino.
Alberto Serret
Suscribirse a:
Entradas (Atom)